“¿Perderse (o encontrarse)?” II
COMPILADO: 21 escritores argentinos responden una misma pregunta en este Compilado propuesto y organizado por Rolando Revagliatti.
Se divide en dos entregas. En esta segunda se recopilan las respuestas de 11 autores.
“¿EN LOS UNIVERSOS DE QUÉ ARTISTAS TE AGRADARÍA PERDERTE (O ENCONTRARTE)? O BIEN, ¿A QUÉ ARTISTAS ELEGIRÍAS PARA QUE TE INCLUYERAN EN CUÁLES DE SUS OBRAS COMO PERSONAJE O DE ALGÚN OTRO MODO?”

11: JOTAELE ANDRADE
Es singular esta invitación de perderse (o encontrarse) para alguien que prefiere andar libremente. Incluso de sí mismo. Sin embargo, creo que el arte que uno pueda entregar al mundo ya está imbuido de otredades. Como si fueran materias constitutivas que hacen activar nuestra propia creación las obras y algunas vidas que creemos heroicas ayudan a construir nuestras visiones poéticas que levantan poemas, canciones, trazos, infiernos o paraísos personales.
Tanto de mi asombro al conocer la obra del Bosco, de Remedios Varo como del llanto al concluir Kim, hay en mi escritura, así como también el zumbido cantarino que escuché en la poesía de María Mercedes Carranza o la voz hueco de Raúl Gómez Jattin con su carga de mango herido por el sol. O las canciones de Los Redondos agitando su flema lunar sobre los huesos de los fantasmas sociales. O la música y la artistitud vital de Juan Gabriel. Ecos de Olga Orozco, de las historietas de la editorial Columba, de las series japonesas, de la ciencia ficción de Bradbury, tan poética.
Podría rastrear tantísimos componentes dentro de mi escritura hechos de estados alterados por el asombro, la felicidad y la congoja, el deseo de decir o escribir esas mismas cosas asombrosas: la marea del Torotumbo, el río secreto que va por las piedras arguedianas, la flor corrosiva que crece en los poemas de Eunice Odio, el verso de la flor de batatilla que siempre irrumpe en lo que escribo, siempre abierta en la sombra.
Son tantos e incontables. Como incontables las visiones que rompieron la piedra para que salte el agua de la idea hacia su curso artístico: aquella paloma que chocó contra un escaparate publicitario, aquella otra toda gris, en una mañana neblinosa que escarbando en su ala sacó una pluma blanquísima, el perro que una noche vi haciendo rodar una bolsa con basura, el mar que una tarde fue un espejo plateado y quieto, inaceptablemente quieto, la bolsa negra de residuos que el viento hacía sonar como un corazón en las ramas de un árbol enjuto.
Pero podría decir que, aunque estoy dentro del algún modo, el universo lorqueano es donde me gusta andar, perdido y reencontrado, resonar en sus canciones y suites: “Limonar, / mi amor niño, mi amor/ sin báculo y sin rosa.” y “La estrella/ nueva/ quiere azular/ la sombra”. En su viaje a la desmesurada New York: “mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.”. Recuerdo ver el Prendimiento y muerte de Antoñito, el camborio, su mano arrojando limones hasta volver las aguas de oro. Podría decir que estoy dentro del asombroso, trágico, bello mundo de Lorca. No sólo en su obra escrita. También su vida como una obra de arte comprometida no sólo con la belleza abstracta, desgarrada en la noche por el fascismo. Sí, haber sido dicho por su voz de la que no hay registro, de esta manera:
“Si el cielo fuera un niño pequeñito,
los jazmines tendrían mitad de noche oscura”

12: LUIS ALFREDO VILLALBA
Cuando leí “Las primas” de Aurora Venturini me sentí tan desconcertado como los astrónomos que, en 1970, investigando la galaxia de Andrómeda, descubrieron que, si el universo que nosotros vemos con sus galaxias y estrellas relucientes, mantiene la forma, es porque hay algo invisible que funciona como su esqueleto: la materia oscura.
O sea que el universo es lo que es por lo que no vemos, por lo que se oculta. Y si no lo vemos es porque no estamos preparados. No queremos conocer el esqueleto del cielo porque para nosotros el esqueleto es un símbolo de la muerte. A pesar de que si nosotros no tuviéramos esqueleto seríamos un charco de vísceras y cartílagos.
Y es lo que hace Venturini con “Las primas”. Muestra sin pudores lo que las personas normales como yo no quieren ver: un monstruo. Pero después de que leí “Las primas” supe que yo nunca había sido normal. Ahora les cuento.
Me llamo Luis Alfredo Villalba y nací en 1939 con cuatro dedos en el pie derecho. Mi mamá me envidiaba y me lo hacía notar cuando antes de darme la teta se la daba primero a un perrito callejero.
Me llevó a un médico famoso y sus ayudantes me subieron a una mesa blanca y fría. Todos se rieron y gritaron al unísono: ¡Esto es un monstruo! Mi mamá se sentía orgullosa, después de todo ella me había hecho a mí. Hasta que un día agarré y me fui a vivir a la calle.
Me sentaba en el cordón de la vereda y cuando venía gente bien vestida le pedía plata entre toses. Una vez que estaba en la plaza tomando solcito apareció Aurora y me ofreció trabajar en el jardín de la casa grande donde vivían sus parientes. Me puso una condición y era que nunca tenía que entrar en la casa.
Empecé a trabajar y a veces dejaba el rastrillo para espiar por las rendijas de las ventanas y así supe que en la casa vivían un montón de mujeres taradas. A mí me calentaba Petra, enana y puta. Se bañaba desnuda y tenía el cuerpo y las piernas torcidas. No me gustaba cuando se sacaba la peluca y mostraba la calva. Pero tenía la espalda con pelos enrulados desde el cogote hasta la cintura. Era un monstruo como yo.
Yuma, la disléxica, estudiaba pintura. Un día me tenté, entré a la casa y me pillaron cuando estaba mirando los cuadros. Me echaron.
Desde entonces vivo de las monedas que me dan los chicos de la plaza cuando les muestro mi pie con cuatro dedos. Ellos se burlan porque soy defectuoso, pero con las monedas me lleno la panza de tortitas con chicharrones. Cuando me sobra alguna la dejo en las escaleras de la casa grande. Seguro que ellas saben que soy yo y me van a llamar para que les pase el rastrillo.
Mientras tanto empecé a escribir poesía, pero esa desviación ya es conocida en el ambiente.

13: MARCELO FAGIANO
Mujeres de la memoria y el deseo*. Me he sumergido en casi todas tus ciudades invisibles y espero, antes de morir, transitar con mis pasos por las que aún me restan descubrir. En cada uno de esos fantasmas arquitectónicos me ha enamorado una mujer, he dejado hijos y riquezas en el camino siguiendo mi destino de viaje y, aunque crea que cada vez amo a una mujer distinta es siempre la misma, idéntica al deseo clavado en las pasiones que me quitan el aire. El abandono de la mujer amada será temporario pues es circular el itinerario que describo con mi sangre. Será inevitable entonces mi regreso a sus brazos y besar la descendencia aparentemente abandonada.
La primera señal la obtuve después de cabalgar por tierras selváticas y arribar a Isadora, allí como forastero, estando indeciso entre dos mujeres, apareció una tercera. Hay bellezas que hieren con estacas de felicidad a la existencia, dan muerte al espíritu y no queda otro remedio que admirar sin ya ser nada. Al girar la cara vi su silueta espigada en una ventana y descubrí que no hay mejor manera que una mirada directo a los ojos para acabar con las cataratas que nublan el erótico cristalino. En otra ocasión ella se bañaba en un estanque de un jardín de Anastasia, me invitó a desvestirme y perseguirla en el agua. Al llegar a Zobeida pude ver a la mujer fundante de aquella ciudad correr de noche, de espaldas, desnuda y con el pelo largo. Aún la persigo en mis sueños. En Ipazia una hermosa mujer morena montada a caballo, con los muslos desnudos y la caña de las botas sobre las pantorrillas, me tumbó sobre un montón de heno y me apretó con duros pezones. Otras me han enamorado con sus cantos, algunas arqueadas bajo duchas suspendidas sobre el vacío, todas fueron mujeres descomunales, tejedoras, parlanchinas, trapecistas en el amor. Cuando la belleza estalla en los ojos, hay que cerrarlos para liberar los sentidos que despierta la ceguera. ¿Cómo puede reunirse tanta belleza concentrada en una sola imagen? Me he sentido dichoso de recibir sus amores tal cual un joven toro que guarda en su gaveta secreta todo el esperma del cosmos.
Estoy sintetizando en mi mente lo mejor de cada ciudad, lo mejor de cada mujer, anoto en mi devenir todas las riquezas descartando lo obvio e inservible. Sé que voy detrás de la ciudad utópica que contenga al imposible amor que refresque de estremecimientos el alma y, aunque intuyo que todavía no existe, me es imposible dejar de crearla. Tampoco es inocente que cada ciudad tenga el nombre de una mujer. Llevo siglos construyendo el genuino espacio que contenga la luz y la sombra para alcanzar la deshojada perfección. Sin tus pétalos Ítalo, me hubiera sido imposible edificar estos sueños.
Estamos condenados a repetir las innumerables obras poéticas escritas, imitar los múltiples espejos que no han perdido aún su inmortal brillo. Camino por el desierto con mis últimas fuerzas. Lo sé, detrás de las colinas rosadas de este planeta que aún gira está la ciudad invisible que alojará mi ser por toda la eternidad, ahí están ellas, la única mujer que amo, y mis hijos, esperándome.
*Sobre “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino.

14: MARIO NOSOTTI
Me gustaría salir a caminar y conversar con Pier Paolo Pasolini. Como en alguno de sus largos poemas narrativos en donde observación y pensamiento se entrelazan, charlar de lo que sea mientras nos perdemos en alguna barriada de la periferia romana de posguerra, o en alguna callecita de un suburbio africano o hindú, quizá al caer la tarde, quizá después de un día de rodaje. Mientras él suelta palabras sobre la realidad, la política, sobre algo que le llama la atención, o simplemente compartiríamos el silencio de ambos, escucharíamos el rumor de la gente, el trajín de la vida cotidiana con su mezcla de luz y oscuridad.

15: OSCAR A. AGÚ
Cuando vi por primera vez, y no en directo, una obra de Velásquez quedé impregnado de esa luminosidad que emana de ella. Al recorrer otras, réplicas, tuve la misma sensación. Si algo quedó en mí, un joven de 20 años, fue esa luz.
Años después, en una muestra en el Museo Municipal de Artes Visuales de la Ciudad de Santa Fe, tuve ocasión de estar en la inauguración de la muestra de Juan Arancio referida a la historia de la ciudad en sus orígenes. Y allí, en ese espacio dedicado a los artistas, pude contemplar el cuadro dedicado a los “Siete Jefes”, referido a la rebelión de los mismos contra Juan de Garay.
Y en ese cuadro está también la luz. Charlando con Juan se lo digo. Y le comento la reminiscencia de Velásquez a la que me lleva su obra. Esa luminosidad lograda en los rostros brindada por una vela en medio de una rústica mesa quedó en mi retina.
Y él, sonriendo, me dice: “¡Ojalá!”, como expresando su admiración hacia el artista español.
Ese aspecto de las obras siempre, de una u otra manera, me lleva a un universo en busca de la claridad y simpleza, más allá de lo que representan las obras de los artistas mencionados, ya sea la corte o personajes de la calle de su España, en Velásquez, o de una reunión secreta donde se tramó una rebelión, según el artista santafesino.
La claridad está en ellas. Y es lo que me impactó y da relevancia a las obras, al menos en mí.
Quisiera habitar siempre ese universo. Universo que, en mi caso, se deja ver en la escritura y que no siempre se representa. Aunque, debo reconocer que luz y sombra se complementan en este “juego” que es el universo todo. No existen una sin la otra. La sombra, en ambos autores, es lo que resalta la claridad. Y a la inversa.
Poder comprender ese juego. La luz y la sombra se sostienen una a la otra.
¿Puede, uno, obviarlas?

16: PATRICIO TORNE
Bowie me salvo de muchos males. Quizá porque en Helvecia, el pueblo litoraleño donde nací y pasé mi infancia, parecía no haber otra alternativa que el chamamé y la cumbia como música sonando en la radio y las fiestas del vecindario, es que haberme encontrado con la figura, las canciones y la voz de David Bowie, fue un tremendo mazazo a mi espíritu que ya se percibía absolutamente diferente al de todos los pibes del lugar. Yo quería ser él, su figura andrógina, sus ojos diferentes el uno del otro, y sus canciones que, por supuesto, no entendía de que se trataban, pero sus títulos me bastaban para hacer mi propia versión de cada una de ellas, eran el horizonte de un mundo que me llamaba cargado de extrañezas que, con el tiempo me di cuenta, eran la poesía, la teatralidad y la originalidad artística ante un mundo que cada vez se iría volviendo más perverso. Bowie me llenaba la cabeza con cosas Interespaciales y yo viajaba y me encontraba con extraterrestres con los que compartía mis sueños. Recuerdo que el 72 fue un año que marcó un punto de inflexión en mi vida, terminé el secundario y me fui de casa, salí al mundo acompañado de “Starman” entre las cosas fundamentales que cargaba, esa canción sonaba intermitentemente en mi cabeza, y no dejó de hacerlo, aun en los momentos en que la vida me mostró su lado mas cruel. En soledad, con frío, esa canción me acompañaba; recorriendo el país, me acompañaba; en la militancia dentro de una organización revolucionaria me acompañaba; en la cárcel y en la tortura me acompañaba, hasta que un día, sin darme cuenta, la reemplacé por otra que todavía me acompaña. Esa canción es “Héroes”. Si, Bowie me es inevitable. En el mismo pueblo de donde me había marchado, yo estaba con libertad vigilada, habían pasado 10 años desde mi partida, y en la radio escuché “Héroes” y fue otra revelación: todos podíamos ser héroes por un día, y cargado de la energía que esta canción me daba, decidí partir otra vez, y todavía, aún sin moverme de la ciudad en la que elegí plantar residencia, sigo viajando acompañado por Bowie. Aun en la vejez escucho sus discos y bailo o escribo al ritmo de su música. Bowie, puedo decirlo, me salvo de muchos males.

17: RAÚL ASTORGA
Me encantaría perderme, o encontrarme, en el universo literario de Paul Auster, a quien tuve el gusto de conocer en persona y que ya no está entre nosotros. Transitar sus mundos con la curiosidad insolente que permite lo lúdico, apareciendo de repente en ese aquí y allá de sus estructuras novelísticas. Siempre existió en mí la fantasía de formar parte de su novela “El palacio de la luna”, si Auster hubiera nacido en Argentina o, redoblando la apuesta, en Rosario, mi ciudad. El juego de convertirme en su protagonista, una especie de Marco Stanley Fogg rosarino, con su tío Victor (en inglés, sin tilde), músico sin buena suerte, caminando por las calles de esta analogía, a escala menor, de Nueva York. Dos ciudades que se parecen en lo cosmopolita y se las ama con todo incluido, sus bellezas culturales y sus crímenes. Aventurarme en una serie de historias cruzadas con ese tío cuya riqueza son sus libros y después dejarme partir hacia algún lugar en busca de una identidad propia y verdadera. Auster ha estado tan cerca de nuestra cultura, ya sea rindiendo homenaje a través del personaje de “El libro de las ilusiones”, el actor de cine mudo Hector (otra vez sin tilde) Mann, argentino en esa ficción, como también cediendo los derechos de su novela “El país de las últimas cosas” a un director de estos lares. Porque internándome en el universo Auster, el azar, la sorpresa, las vidas que podrían vivirse tienen que ver con las páginas de un hombre que ha admitido la influencia de lo borgeano y lo cortazariano en su rol personal de lector, luego de escritor. En ese recorrido onírico de mi fantasía como personaje, hallaría pequeños tesoros que se irían acumulando hasta conformar lo que, por supuesto, se definiría como experiencia extraordinaria. Entre esos tesoros que tienen que ver con las palabras, sin dudas, permanece en mi memoria aquella frase de “El palacio de la luna” respecto del objeto más preciado: los libros no eran tanto el soporte de las palabras como las palabras mismas y el valor de un libro estaba determinado por su calidad espiritual más que por su estado físico.

18: RAÚL FEROGLIO
Estar sumergido en el mundo de la poesía, o mejor del arte, lo imagino como permanecer dentro de un magma viscoso donde se mezclan las influencias de tantos maestros, hermanos mayores, musas, padres. En cada rincón el mundo es una escuela, y cuando pienso algo otros lo pensaron antes, lo escribieron, lo enseñaron. Y como es sabido que cuando algo se nombra, nace o se rompe para siempre, no puede existir creación sin influencias.
Podría si quisiera entrar en un set de cine, y acompañar al más grande artista de todos los tiempos para mí, Charles Chaplin. Para ser testigo de su crear historias con unas imágenes que apenas están naciendo. O ser vecino del Cuchi Leguizamón, y prestarle un sacacorchos si fuera necesario.
Pero la pregunta descoloca, me detiene. Y así nomás viene a mí Federico García Lorca. Entonces pienso que sería agradable y sobre todo emocionante caminar esas veredas de ciudades españolas, los glamorosos días de cuando no había guerra. Sentarme callado en un rincón de las tertulias literarias donde Federico se abraza todavía con Neruda, con Vallejo o con Hernández. Tomar con él un café en Nueva York, y que me cuente cómo está pergeñando el libro de poemas que está escribiendo. O encontrar la experiencia en un mundo de gitanos y mujeres morenas, de lunas asomándose a la noche o a los aljibes.
Y en el final trágico, la guerra, las balas finales, el silencio. Después la prolongación de su larga fama, creciendo y creciendo por el mundo. Escribí un poema en el que planteaba criar un caballo, y cuidarlo, enjaezarlo, y dedicar mi vida con pasión a esa tarea. Para que el bello verbo “enjaezar” y la memoria de Federico no se perdieran.
Y el mundo del teatro, y sus obras. Sí, aunque no soy actor, podría intentar actuar en alguna de las historias donde vive el drama y la pasión de esas mujeres sufrientes de hace ya un siglo.
El túnel del tiempo, ir y volver donde uno quiere. Una fantasía que nos haría felices, a riesgo de caer fusilados en una época y un sitio de pasiones y violencia, no muy distinto al nuestro. A riesgo también de ser discriminado, por pensar distinto, por amar tal vez.

19: RICARDO RUIZ
Con admiración a sus artistas y creadores, con la esperanza de que podamos evitar que el tiempo en que vivieron no se repita como farsa y tragedia simultáneas, me gustaría perderme y encontrarme con los intelectuales, poetas y pintores libertarios de la Mitteleuropa de principios del siglo XX.
Una generación de pensadores y artistas nacidos en el último cuarto del 1800 unificados por la historia, cultura y geografía de su zona de origen, Alemania y el Imperio austrohúngaro que dieron pie a un desarrollo cultural rico e innovador en las ciencias, literatura, política y filosofías hasta su destrucción por el nazismo, al cual sobrevivieron de manera dispersa en el exilio y en sus representantes tardíos, dejando una impronta que llega a nuestros días y en la que es necesario volver a perderse y encontrarse.
Una cultura, antecedida por Marx y Heine, que nos legó a Freud, Kafka, Bloch, Benjamin, Brecht, Luxemburgo, Klee, Adorno, Landauer, et al; y que nos permite pensar como posible una revuelta anti-autoritaria, una revolución permanente del arte y la cultura y el ideal de una comunidad igualitaria.
De todos estos nombres de vencidos de la historia -tal como nosotros desde mediados de los setenta del siglo pasado-, nombro cuatro de ellos en los que podemos conformar una cruz del sur como guía del pensamiento y el arte: Walter Benjamin, Paul Klee, Bertolt Brecht y Theodor Adorno. Los cuatro relacionados entre sí y conformando una constelación de pensamiento crítico y creador.
Encontrar/me/nos en un pasaje del Libro de los pasajes, rescatar al ángel de la historia, el Angelus Novus de Paul Klee contra la maquinal destrucción del progreso. Volver a las preguntas de Brecht y a la crítica afiladísima de Adorno, una dialéctica negativa que nos permita un rearme intelectual. Ser parte de estas obras, incluirme/nos en ellas sosteniendo el compromiso con la palabra poética que indaga, crea y nos constituye.

20: RUBÉN VALLE
Al escritor se le pide que sea un personaje, que de mirar pase a ser mirado, escrutado por el gran hermano del ojo ajeno. Cazador cazado. Nada más tentador que dejar el yugo de imaginar y ser imaginado. De crear y ser creado. Y mucho más poder elegir qué máscara nos ponemos; cuan Cyranos podemos ser de nosotros mismos. Por un rato dejamos de ser esos cómodos voyeurs para quedar en la mira del otro. La invitación no es cruzar por el agujero de Alicia sino cavar el propio y caer a la historia que más nos plazca.
Perderse en el universo de un artista a elección es una consigna tan tentadora como desproporcionada porque, lo digo y no lo repito, son tantos esos universos, esos artistas que me conmovieron, que lo más cercano a su síntesis sería un Frankenstein bien parecido.
Se me ocurren unas cuantas opciones como parte de un ejercicio lúdico que, no por serlo minimiza el impacto de estar ahí donde alguna vez estuve, pero en esa ocasión como un feliz lector (valga el adjetivo feliz por asombrado, conmovido, extasiado, perturbado, etc).
Se trata de cruzar al otro lado del espejo. Probarse otro cuerpo, otra piel. “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas”, dice Jorge Luis, y esta vez soy yo quien puede decir que es mi otro yo -el convocado por Revagliatti- quien hace lo que hace o deshace lo que deshace.
Elipsis, señor director. Bien, estoy en el barrio de Villa Santa Rita, más precisamente en el Salón de Julia. No soy uno más, otro borracho acodado en la barra. Tampoco el que escribe. Soy Francisco Real, el hombre de la esquina rosada. Más conocido como El Corralero. Tengo entre ceja y ceja al “Pegador” Rosendo Juárez. Mi valentía y mi destreza con el cuchillo harán lo suyo y Borges, el resto.
Puede que en días de capa caída sea la encarnación de Aballay, la criatura de Antonio Di Benedetto que puesto a pagar una culpa tan grande decide ya nunca bajar de su caballo. Hombre de pocas pulgas, mentado ladrón y asesino, Aballay deviene penitente dispuesto a dar la vida para menguar su deuda con el niño al que le quitó su padre. Si el caballo se va de aquí, yo también.
Como cualquier hijo de vecino, aceptaría -y gratis- ser un extra más en la Divina Comedia (en lo posible, en algún cameo en los nueve cielos del Paraíso), pero puesto a elegir arbitrariamente, estaría feliz con solo subirme al micro spinetteano del Capitán Beto o quedarme a observar el mar al lado del ciego que habita en Los libros de la buena memoria.
Volviendo a las calles, no dudaría en atravesar una noche en la tierra a bordo del taxi de Jim Jarmusch con Winona Ryder al volante y la música de fondo de Tom Waits. Y después que ese taxi, sí o sí, termine en la casa del mismísimo Tom para un karaoke compartido hasta que amanezca (que no es poco).
Ya que este desafío es lo suficientemente disruptivo, me permito un último viaje asincrónico para sumarme al inefable mundo de Mafalda y ser uno más de sus amigos del barrio. Veo veo a Rubencito tomando la mediatarde con Manolito, Felipe, Susanita, Miguelito y Libertad. Lo veo leyendo un libro que en lugar de fin dice continuará... Y eso, como corresponde, también será ficción.

21: VICENTE MULEIRO
Nunca necesité que me invitaran a ensoñar. Siempre me las he arreglado para ensoñar solo. Así hemos charlado con mi Viejo, sentados en su tumba del cementerio de San Fernando, sobre cosas de la vida y de la muerte. También caminé por la calle de mi infancia para resucitar, bajo los paraísos, al amor más intenso e imposible de mi existencia. Y marché por las avenidas que convergen en Plaza de Mayo y personalmente le di al tirano el último empujón que lo defenestró. Una vez le alcancé a Jorge Luis Borges el oculto y exacto adverbio relativo de tiempo que buscaba. Y todo eso sin que me invitaran.
Y ahora me convidan a ensoñar, a mí, un ensoñador profesional. Acepto y cuento que suelo teletransportarme a un bar de Once, en la década del ‘20, para encontrarme con Macedonio Fernández y sus contertulios. Ellos creen que soy un escritor del grupo Florida, aunque en verdad estoy con los de Boedo porque siempre se me ha dado cruzar la tensión estética con las aventuras y desventuras sociales. No es casual que también me interese juntarme en los bares del puerto con Raúl González Tuñón o con Héctor Pedro Blomberg y acodarme en el estaño donde además confraternizo con las paicas abrazado a un sentimiento extraño que no discrimina entre pasión y redención.
Pero, o sobre todo, devoro los libros que atraviesan el Atlántico y proponen la ruptura del lenguaje articulado, la independencia de la metáfora de todo amago de representación, el montaje discordante de imágenes, la fragmentación e inversión del tiempo sucesivo y la joyceana ambición de hacer una épica de un pensamiento secreto, de un deseo en sordina que busca su palabra.
Claro que si solo me quedo en la búsqueda experimental me pierdo todo un mundo acaso no tan prestigioso, pero también creativo y, en términos económicos, más rendidor. Entonces me invento un seudónimo y escribo góticas y tormentosas historias de amor, por ejemplo, entre un mazorquero y una pulpera de ojos claros que al final se la roba un payador de Lavalle mientras los jazmines se desmayan y los cisnes se ahorcan. O sea: lo que me entusiasma es asumir la plena condición anfibia de la época y publicar poemas en Martín Fierro mientras escribo secretamente para La novela semanal y El cuento ilustrado.
La bifurcación no es tan fácil sobre todo si estoy escribiendo sobre un juego de pasiones entre una Milonguita y un Bacán y me tiento con el automatismo surrealista. O, a la inversa, quiero borrar la intervención de la razón cuando en la editorial me han pedido que escriba argumentos simples sobre vendedoras de Harrod’s tentadas por un jailaife que se dice enamorado pero que solo quiere “eso”.
Trato de dominar todas las cuerdas. El paisaje cultural de estos años, su multiplicidad de formas, estilos, géneros y búsquedas que van de lo “alto” a lo “bajo” y viceversa, de la vanguardia al código común, me provee una felicidad de montaña rusa.

junio 2024. Copyright Flavia Revagliatti
Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios. En ediciones digitales se hallan los seis tomos de su libro “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”, conformado por 159 entrevistas por él realizadas. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com - Más de 1400 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores se encuentran en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos