
Julián Nalber
Serie Santré
Granada: Editorial Mirada Malva, 2025
Colección Mirada Narrativa n. 30
I
El clima de Bogotá puede aburrir a cualquiera. Las épocas en las que el ciudadano identificaba en su calendario estrictamente los meses fríos y los calurosos ya pasaron. Hoy, de repente, hace un frío glacial en las mañanas y al rato aparece un calor sofocante. Ese sol picante que castiga sin piedad y parece fundir la epidermis de aquellos que lo desafían. Después, para terminar la jornada, se desgaja una tormenta de agua que inunda las calles. En los barrios populares, por los canales putrefactos como el del río Fucha, corren por las avenidas torrentes de basura de todo tipo: pedazos de comida, aceites violetas y rojizos de los carros, cartones usados, uno que otro animal muerto y papeles higiénicos nauseabundos. Bogotá ofrece eso en el presente: todos los climas demencialmente mezclados en un solo día.
Ayer se vivió ese panorama. La avenida Caracas, en pleno corazón de Chapinero, mostraba la pintura de siempre. En las mañanas, los ciudadanos asalariados, atribulados por la dictadura de sus trabajos y el cumplimiento de los horarios. Algunos caminaban presurosos; otros intentaban tomar el horrendo TransMilenio, atestado de gente, que hace recordar los trenes de la India en los que los pasajeros se suben por las ventanas. El desfile de madres y niños camino a las escuelas, la aparición de los vendedores ambulantes con sus mantas que les sirven de improvisados envoltorios para sus chucherías completan la escena. Chucherías que venden porque siempre hay gente que necesita comprar baratijas para después terminar botándolas.
Me levanté a eso de las diez de la mañana. Sentía el calor en mi habitación y esa humedad que parece brotar de las paredes. Hacía calor en una ciudad andina, con 2.625 metros de altitud, empotrada en la cordillera Oriental. Bogotá, por población, es la metrópoli más alta del mundo, eso dicen. La incorregible ciudad que siempre me persigue. No hay punto de referencia diferente que no sea Bogotá. Abrí las ventanas, oí ese estruendo de ruidos que produce una zona tan densa y caótica como Chapinero. Me bebí un trago de Appleton, como de costumbre, pero esta vez, por el clima, le tiré intencionalmente tres cubos de hielo. ¿Qué hay que hacer hoy? Nada. Cerré los ojos por cuarenta y dos minutos. Empecé a sentir frío. Abrí los ojos con el letargo espeso que no se quiere desprender del cuerpo. De reojo, volteé mi mirada al paisaje urbano. Ya el clima era otro: nubarrones y cielo grisáceo. Ya viene el aguacero. Lo imaginé. Se vino. Lluvia cargada de granizo y el frío polar que irrita el cerebro. Dos tragos más de Appleton, esta vez sin hielo. Uno más, pero doble.
Desperté y esta vez no voy a contar en detalle lo que soñé. Tal vez el sueño sería catalogado como pornográfico. Y no digo que sea del soft porno que a veces pasan por la televisión. Todo lo contrario, sería clasificado como un sueño triple X, brutal y bárbaro, de esos que dejan agotados a los protagonistas y al consumidor que está también gozando detrás de la pantalla.
Olvidemos lo anterior, dejemos esos pajazos mentales a un lado. Seamos serios. Ya era de noche y volví a pensar en lo que tenía que hacer. Nada. De los cursos no había vuelto a escuchar. Rolando, mi empleador temporal, aquel que me ofrecía clases universitarias para enseñar de cuando en vez, había simplemente desaparecido. La última vez que lo había visto fue cuando logré desentrañar aquel caso del muchacho perdido. Me daba flojera llamarlo para pedirle trabajo. Lo más seguro era que me iba a contestar que tuviera paciencia y que en cualquier momento me contactaría. El problema de siempre era ese, el mismo. No tener dinero y ver una nevera desocupada, unos recibos sin pagar que amenazaban mientras yacían en la mesa de la cocina, recordando que el agua y la luz los iban a cortar y que el arriendo, de vencerse, me forzaría a un desalojo a las buenas o a las malas. Esa es la vida que tengo y que no cambia. Ser un profesor varado, muerto de hambre, y a la vez un detective que no tiene casos, o que, si los tiene, no son constantes. Después viene la ley de Murphy. ¿Quién era Murphy? Ni idea. Eso sí, conozco su aplicación: la tajada de pan untada con mantequilla de maní por un solo lado. El pan se cae. Y sí, se cae y ese lado es el que da al piso. El tapete se jode. Se ensucia y hay que limpiarlo. No se cae por el otro costado. Nunca se cae por el otro lado. Todo esto tiene que ver con que, seguro, una mañana lluviosa —sé que después hará calor— Rolando me llamará para ofrecerme una clase. La aceptaré porque no tengo otra opción y necesito la plata. Al instante surgirá Murphy, y con él, un caso de los más enrevesados. Y la clase y el caso se cruzarán y se quitarán tiempo. Y yo lamentaré haber aceptado uno de los dos y constataré que los días no me alcanzarán para ambas actividades. Me doy cuenta de que esta ciudad de mierda no ayuda en nada porque está llena de gente y porque el transporte público es del siglo XIX, aunque le hacen creer a todos que es del XXI. Así estamos. Mientras tanto, había seguido pensando y me servía ya mi sexto vaso de Appleton. La botella se acabó. En eso soy juicioso y disciplinado. Tenía otra que Yalena me había comprado en una urgencia. Yalena, mi exalumna y amiga, aquella que dejó la universidad y se dedicó a ser puta. “Ser puta paga, Santré”. Eso me lo dijo mientras me miraba con esos ojos que ya no son los de la estudiante casi adolescente que conocí hace unos años. Ahora, Yalena tiene ojos de puta; ya se ve trajinada, y su oficio la ha vuelto más que calculadora. En todo caso, es una puta amiga o también una amiga puta. Los devaneos y sinuosidades del idioma.
Me había bebido una botella entera y me sentía feliz. De la nevera rescaté un pedazo grande de queso. Salí del apartamento y, en la panadería de la esquina, compré un pan francés mediano. Lo pagué con monedas. Me quedé esperando las vueltas.
—No hay vueltas, señor. Me dio lo justo —me lo dijo una gorda con una cofia en la cabeza que simulaba proteger los panes de algún pelo rebelde que se quisiera zafar de su frondosa cabellera.
La cena fue eso. Antes le decíamos a la cena la comida. Ahora se le dice la cena y parecemos más desarrollados, más del primer mundo. Igual les pasa a los comentaristas de fútbol, que tienen una fijación con sus pares argentinos y ahora dicen: “la chance”, “los entrenos”, “los trapos”, “la mufa”, “un jugador tiempista” y demás pendejadas. No hay algo más colombiano que pretender ser lo que no se es. Cualquier asomo de autenticidad puede ser sinónimo de vergüenza; ya lo dijo un intelectual local famoso, y yo lo repito hasta el cansancio. Mejor hablar como los argentinos, o simular que hablamos inglés o que tenemos la exquisitez y el refinamiento de los franceses, aunque muchos de estos no se bañen y nos miren como a un inodoro de cárcel.
Volvamos a lo de la cena. Me comí el pan y el pedazo de queso en un par de tarascadas. Me dormí, pero antes de llegar a ese estado encendí el viejo radio que tengo. Las mismas noticias. Mientras me dormía, escuché ruidos en el apartamento de arriba. Ya alguien se había mudado. Me acordé de las venezolanas y su pulposo negocio. ¿En dónde andarán? Me fui durmiendo. No hubo sueño esta vez para contar.
Desperté a eso de las nueve de la mañana. Opté por bañarme y salí a caminar. Anduve por los alrededores del barrio. Noté aquel edificio del incendio, del cual habían salido despavoridos muchos miembros del lumpen del vecindario. Ahora parecía que lo estaban remodelando a paso de tortuga enferma. Me detuve en la panadería y pedí un vaso de avena. La avena con astillas de canela es de las bebidas cremosas más agradables que conozco. Si está fría, es aún mejor. La sentí transitar lentamente por la garganta. Estaba buena, dulce a la medida. Volví a mi ritual de pagar con monedas. La pobreza me apretaba las tripas, y estaba pensando en llamar a Yalena para que me tirara una soga y así salir de esta abulia y carencia económica. Pero recurrir a ella me ponía nuevamente en la situación de reconocer que solo la busco por el posible dinero que me va a prestar o regalar. Ella ya tampoco me llama. El vínculo de amistad parece derretirse, y solo queda la necesidad que nos pueda unir. Son los favores los que finalmente relacionan a las mayorías. Si no necesitáramos de ellos, la comunicación se convertiría en algo ocasional o ausente.
Volví a mi apartamento y abrí la botella de Appleton que me quedaba. Esta sí era la última. Había que saborearla lentamente. Me dispuse a buscar un disco de los que tengo refundidos en cualquier parte. Milagrosamente lo encontré. Lo puse a rodar en mi tocadiscos. Sonó el estrépito de Metallica con Creeping Death. Con el vaso en la mano, observé a través del ventanal la gente que caminaba y corría de un lado para otro. Escuchando la música, llegué a la torpe conclusión de que se puede ser feliz. Al menos yo lo era por unos minutos. Solo me bastaba un cigarrito cargado de marihuana. Ah, cómo extrañaba ese bareto. No hay felicidad completa.
En medio de la borrachera, y cuando más sensible a la música estaba, me llegó el sugerente pensamiento de lanzarme por la ventana de la sala. De hacerlo, caería en plena calle concurrida, casi en el ángulo que conforman la Caracas con la calle sesenta y cuatro. Ya me veía yo espatarrado y, junto a mí, un charco de sangre espesa. A más de uno le llamaría la atención el espectáculo, y una que otra vecina beata diría algo como: “Ese tipo era muy vicioso, iba a terminar así. Ojalá mi Dios lo perdone y lo tenga en su santa gloria”. Lo ideal sería lanzarse y que el corazón se detuviera instantáneamente, para no volver a pensar. Se acabó toda esta mierda. Lo malo, en cambio, sería quedar medio vivo, agonizando y navegando entre horripilantes dolores. O que me llevaran a un hospital de caridad y me salvaran la maldita vida. Lo otro: quedar postrado como una maleza, una presencia vegetal invasora que todos quieren ver desaparecer, para que desocupe la matera y allí florezca una nueva vida, ungida por una flor llena de colores.
Lo pensé mucho, y en algún instante llegué a creer que lo haría.